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El primer fin de semana de junio se celebraron las séptimas elecciones al Parlamento Europeo. Estaban llamados a participar más de 350 millones de ciudadanos de 27 Estados miembros en lo que, como se ha subrayado repetidamente, son los mayores comicios democráticos mundiales tras las elecciones legislativas en India.
Estas elecciones se han celebrado en un marco determinado por la primera crisis de la globalización. Crisis económica, con muy importantes repercusiones sociales, cuya dimensión apenas tiene precedentes en la historia del capitalismo contemporáneo. Crisis que también ha contribuido a reivindicar la función de la política frente a tres décadas de hegemonía del mercado.
Desde una perspectiva estrictamente europea los comicios han tenido lugar en un momento en el que el proceso de integración provoca numerosas incertidumbres, tanto en lo referido al papel que la UE pretende jugar como actor global como en el modelo hacia el que se dirige una vez consolidado el mercado interior. Tampoco debe olvidarse que esta consulta se produce con el Parlamento Europeo más influyente de la historia de la construcción europea y que, tras la previsible entrada en vigor del Tratado de Lisboa, ampliará sus poderes consolidándose como colegislador junto con el Consejo de la Unión.
De los resultados de las votaciones podemos destacar un alto nivel de abstención, el triunfo neto de las organizaciones de centro-derecha encabezadas por el Partido Popular Europeo (PPE), el fracaso también nítido de las fuerzas más representativas de la izquierda (Partido Socialista Europeo e Izquierda Unitaria Europea), ascenso de Los Verdes y una cierta pujanza –cuya trascendencia es difícilmente previsible- de formaciones marginales, entre las que destacan las eurófobas y la extrema derecha. En suma, unos resultados que obligan a la reflexión, especialmente en la izquierda más comprometida con la integración europea. Ver trabajo completo [DESCARGAR PDF] |